
Fragmenots del libro “Asesinato en Mesopotamia”, de Agatha Christie.
Llego a Hassanieh
Dormí muy mal. Nunca duermo bien cuando viajo en tren y aquella noche soñé mucho. No obstante, a la mañana siguiente, cuando miré por la ventanilla vi que había amanecido un día espléndido. Me sentí interesada y curiosa acerca de la gente que iba a conocer. (…)
¡Traqueteo! ¡Quedé maravillada de que aquel armatoste no se deshiciera en mil pedazos! Allí no había nada que se pareciera a una carretera; sólo una especie de vereda llena de surcos y baches. ‘Vaya con el Glorioso Este! Cuando me acordé de las espléndidas pistas de Inglaterra, sentí que me invadía la nostalgia.
El señor Coleman se inclinó hacia mí desde el asiento que ocupaba, detrás del mío, y me gritó junto a la oreja:
– ¡El camino está en muy buenas condiciones! – aulló justamente después de que habíamos sido lanzados de nuestros asientos, hasta tocar el techo con la cabeza.
Y parecía estar hablando en serio.
– Esto es muy bueno…, estimula el hígado – dijo -. Usted debe saberlo, enfermera
Los Sospechosos
Poirot tomó notas en su libreta.
– Procedamos con orden y método – dijo -. Por cuenta de Frederick tenemos dos nombres: el Padre Lavigny y el señor Mercado. Y por William, los de Coleman, Emmott y Reiter.
Pasemos ahora al aspecto opuesto de la cuestión; medios y oportunidades. ¿Qué componente de la expedición tuvo los medios y la oportunidad de cometer el crimen? Carey estaba en las excavaciones. Coleman había ido a Hassanieh y usted estuvo en la aotea. Esto nos deja al padre Lavigny, al señor Mercado, a su esposa, a David Emmott, a Carl Reiter, a la señorita Johnson y a la enfermera Leatheran.
La Mancha Junto al Lavabo
– Su muerte… o la de otro – añadió.
No me gustó la forma cómo expresó aquella. Fue estremecedor.
– Pero, ¿por qué? – insistí.
Me miró fijamente entonces.
– Bromeo, mademoiselle, y me río – dijo -. Pero hay algunas cosas que no son para tomar a broma. Hay cosas que he aprendido en mi profesión. Y una de ellas, la más terrible, es que… el asesinar es una costumbre…
Una Nueva Sospecha
Sheila no está mal, físicamente; tiene una buena salud y posee una buena presencia y atractivo. Pero la señora Leidner se salía de lo corriente en ese aspecto. Tenía una especie de hechizo fatal, que, por lo general, sirve para complicar las cosas…, era algo así como la Altiva e Ingrata Señora. (…)
– Supongo que, por ahora, tiene la red llena de pescado. Pero estoy seguro de que lo que le molesta es que la edad derrote su juventud. No sabe tanto como yo sobre el mundo. Cuando se llega a mi edad se da cuento uno realmente de lo que vale la te de una muchacha joven, unos ojos alegres y un cuerpo firme y ágil. Pero una mujer que haya pasado de los treinta años puede escuchar con toda atención y proferir una palabra, de vez en cuando, con la que demuestra su admiración hacia el que habla… y eso, pocos jóvenes lo resisten.
Asesinar es una Costumbre
Nuestras comidas, últimamente, habían sido silenciosas y taciturnas; mas a pesar de ello se notaba que reinaba entre nosotros un sentimiento hacia los demás, esa especie de camaradería que se siente entre los que navegan en el mismo buque.