Fragmentos del libro Escuadrón, del autor Brandon Sanderson.
Uno
Resultaba que las niñas raras crecían para convertirse en jóvenes raras. Pero supuse que no pasaba nada por practicar mis insolencias, para cuando de verdad combatiera contra los krells.
– ¡Solo un bobo creería que las armas son más importantes que la estrategia y el movimiento! – exclamó la yaya. Mañana volveré a hablarte de Sun Tzu, el mayor general de todos los tiempos. Sun Tzu enseñaba que lo que ganaba las guerras era la posición y la preparación, no las espadas o las lanzas. Era un gran hombre. Y antepasado tuyo, sabes?
– ¡Luchó hasta el último ápice de sus fuerzas! – exclamó la yaya -. Derrotó a la bestia, aunque le costara su vida. ¡Y llevó una paz y prosperidad sin precedentes a su pueblo! Todos los grandes guerreros luchan por la paz, Spensa. Eso recuérdalo.
– Como mínimo, luchan por la ironía – dijo mi madre. Volvió a mirar las ratas -. Gracias. Pero andando, venga. ¿No tienes el examen de piloto mañana?
Catorce
– La aceleración es vuestra peor enemiga – prosiguió Cobb -. Y no basta con que controléis cuánta aceleración lleváis, sino que también debéis ser conscientes de en qué dirección os empuja. Los seres humanos podemos soportar una cantidad razonable de fuerza hacia atrás, como cuando avanzáis en línea recta.
Pero si ascendéis, o si os ladeáis de golpe, la aceleración os empujará hacia abajo y enviará la sangre desde la cabeza a los pies. Mucha gente se cierra en G, es decir, se queda inconsciente, si le caen encima solo nueve o diez G hacia abajo.
Caracapullo por fin consiguió un impacto y destruyó una nave con un fogonazo. Yo gruñí y me concentré en una sola nave. <<¡Venga!>>
– Ya estás tardando, Rara – dijo Cobb.
– Ah, quería dar una oportunidad a los demás, señor – repondió Kimmalyn -. Ganar no consiste siempre en ser la mejor, ya sabe.
Interludio
Con reverencia, dejó la lista de nombres y biografías breves en su escritorio. Habían caído otros dos pilotos, y escribir cartas a sus familias le quitaría parte de la tarde, pero iba a hacerlo de todos modos. A esas familias, la pérdida les quitaría parte de la vida.
Veintidós
– Eres la única fuente de información que tengo – dijo M-Bot -. Si me dices cosas que no son ciertas, ¿qué puedo ingresar en mis bancos de memoria? Me arriesgo a retener datos falsos.
– Con ese riesgo vivimos todos, M-Bot – respondí -. No podemos saberlo todo, y parte de lo que creemos saber resultará ser falso.
– ¿Y eso no te asusta?
– Pues claro que sí. Pero si te sirve de algo, intentaré no mentirte.
Treinta
– ¿Preparado? – pregunté a M-Bot.
– Solo tengo dos estados básicos – dijo él -. Preparado y apagado.
– Como eslogan, falta pulirlo – respondí -. Pero me gusta el espíritu.
Treintaicinco
Me despedí de Jorgen con un gesto y, cuando se elevó, la cadena resbaló por los anillos de remolque y cayó a mi lado. Jorgen no me pidió que se la devolviera. Se limitó a salir volando hacia Alta. Hacia la responsabilidad.
De algún modo… era cierto. De algún modo, yo era más libre que él. Lo que me resultaba de locos.
Treintaiséis
– Los humanos no tenemos programación.
– Claro que sí. Tenéis demasiada. Programas en conflicto, ninguno de los cuales es compatible del todo con los demás, todos ellos invocando distintas funciones al mismo tiempo, o la misma función por razones contradictorias. Y aun así, a veces desobedecéis esa programación. No se trata de un defecto. Es lo que os defino como vosotros mismos.
Cuarentaidós
– ¿Masacrebot? – dije a la oscuridad.
– De ese mote aún tenemos que hablar – respondió su voz -. En ningún momento lo he aceptado.
– Si no escojes un buen identificador, alguien lo elegirá por ti. Es como funcionan estas cosas.
Cuarentaicinco
– Ven – dijo mi madre -. Ese carrito no va a venderse solo.
Era una invitación a volver a épocas más sencillas y, en ese momento, era lo que necesitaba. Ayudé a mi madre, siempre práctica, a atender a su cola de clientes, hombres y mujeres que pusieron cara de perplejidad al ver que los estaba sirviendo una piloto cadete.
Mi madre era una guerrera a su propia manera, de pie en aquella esquina, proclamando la inocencia de mi padre con cada venta silenciosa que hacía de un rollo de algas.
Era una inspiración. Una iluminación. La comprendí de una forma en que no lo había hecho nunca.
– ¿Alguno de ellos existió de verdad? – pregunté -. Los héroes de los que me hablas. ¿Eran personas reales, de la Tierra?
– Tal vez. ¿Es importante?
– Pues claro que sí – dije, mientras iba soltando cuentas en vasos -. Si no eran reales, entonces todo son mentiras.
– La gente necesita historias, niña. Nos traen esperanza, y la esperanza es real. Siendo ese el caso, ¿qué mas da si las personas que aparecen en ellas vivieron de verdad?
Cuareentaiséis
– Peonza – dijo él -, podrías estar atada a una camilla con ocho costillas rotas y una fiebre delirante y, aun así, te las ingenierías para hacer quedar mal a todos los demás.
– Eh, eh – dije, sonriendo por el cumplido -, casi todo el mundo se deja mal a sí mismo. Yo solo me aparto a un lado para no molestar.
Cuarentaisiete
Todo había terminado antes de que tuviera tiempo de pensar en lo que acabábamos de hacer. Las horas y horas de práctica lo habían convertido en una segunda naturaleza. “Los guerreros victoriosos ganan primero y luego van a la guerra”, había dicho Sun Tzu. Apenas empezaba a comprender lo que significaba.
Interludio
– Dos ejércitos iguales de soldados con habilidad similar se causarán bajas equivalentes uno al otro – dijo Weight -. Pero cuanto más desequilibrio numérico haya, más desproporcionadas serán las bajas. En esencia, cuanta mayor ventaja numérica tengas sobre el enemigo, menos daño puedes esperar que te hagan sus soldados.
“Que las estrellas nos amparen a todos”, pensó Judy.